Una dosis de FE

Se miró al espejo y encontró nuevas arrugas en su rostro. De reojo vio las canas que forraban su larga cabellera y frunció el ceño. Tapó el espejo con una manta y caminó hasta la ventana.

Retiró la pesada cortina y se encontró con una figura cansada, era la suya. Hacía varios días que estaba nerviosa, sabía que su final estaba cerca y se negaba a creerlo.

 

Inmóvil frente a la ventana, sintió una esquelética mano tocar su hombro. Suspiró. ¿Por qué se había negado a ir al funeral de su madre? Ese pensamiento no la dejaba vivir en paz. La culpa la perseguía. La madre nunca le perdonó haberse alejado de la Iglesia. Ella nunca le perdonó la desmedida devoción que sentía por el Jesús del Gran Poder.

 

“Él cumple todo lo que anhelas”, había dicho la madre. “Lo único que necesitas es tener fe”. Pero ella carecía de fe. ¿Fe en qué? , repetía incrédula recordando varios pasajes de la biblia que hablaban del creer.  ¿Fe, para qué?, reflexionó. Luego pensó  en  que un poco de fe le vendría muy bien ahora que debía cumplir su objetivo. Sonrió irónica, pues la idea le pareció ridícula.

 

Se alejó de la ventana y de sus recuerdos. Se acercó al cajón y sacó una estampa del Jesús del Gran Poder, la miró fijamente, se consumió en sus detalles, deslizó su dedo por la imagen y la colocó sobre la pared. Encendió varias velas, se arrodilló y rezó, rezó como solo de niña lo hubo hecho. Finalmente se quedó  dormida en medio del fuego y con la figura de Jesús como su única compañía.

 

Al despertar sintió un peso extraño. De las velas solo había quedado una huella en el piso y en el aire. Pero la imagen había desaparecido sin dejar rastro. La buscó debajo de la mesa, de la cama, en todas partes, pero no la encontró. Se agitó, su respiración sonaba diferente, algo raro ocurría.

 

Se dirigió hacia el espejo pero no lo destapó sino que fue directo al lavabo. De pronto, de sus manos resbalaron minúsculos trozos de piedra. Intentó gritar pero comenzó a escupir finos cristales. Corrió al espejo,  retiró la manta y al mirar sus ojos cayeron en forma de dos piedras oscuras que se despedazaron.

 

Horrorizada dejó escapar su último respiro. Se había convertido en  el Jesús del Gran Poder su cuerpo era su cuerpo; su rostro su rostro, el alma se le trizó y cayó como  polvo. Sus días se fueron. Su deseo de morir antes de los treinta se había cumplido.

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